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LEIRE PÉREZ
Viernes, 9 de diciembre 2016, 01:06
Dedicarse profesionalmente al baloncesto y medirse en los Juegos Olímpicos con la élite de este deporte es el sueño del basauritarra Andrey Grajales, un pequeño ... que nació con espina bífida, malformación congénita que le impide andar. A sus 9 años es el fichaje más joven del equipo de baloncesto adaptado Bidaideak Bilbao BSR, aunque por su corta edad no ha podido disputar todavía un partido oficial. Tampoco tiene fácil entrenar, ya que para poder ser un astro de los triples necesita una silla de ruedas especial, no le vale con la suya. «Quiero ser como los jugadores olímpicos Asier García, David Mouriz y Amadou Tijane; ir por todo el mundo jugando», cuenta. Y ese sueño puede ser una realidad gracias a sus vecinos, que serán los protagonistas de sus agradecimientos cuando enceste alto. Gracias a la solidaridad del barrio de San Miguel, Andrey recibirá en unos días esa silla que le permitirá jugar a su deporte favorito. Por eso, avanza que «cuando participe en los Juegos Olímpicos, saludaré a la gente de Basauri».
En los últimos meses, a través de diferentes actos benéficos, los basauritarras han reunido los 3.400 euros que cuesta este elemento de movilidad especial, adquirido en Reino Unido. Y el movimiento solidario ha sido tal que incluso se han llegado a recaudar otros 3.000 euros más que se entregarán a ASEBI, asociación vizcaína que ayuda a los afectados por la misma enfermedad que Grajales. En septiembre, consciente de todo lo que estaban haciendo por él, hizo una exhibición en las fiestas del barrio junto a sus compañeros de equipo, quienes de vez en cuando le dejan una silla para poder entrenar.
Ahora, su vida no se entiende sin el baloncesto, pero la verdad es que Andrey aterrizó en el Bidaideak de casualidad. Un aumento de peso llevó a la directora del colegio en el que estudia, Sofía Taramona, a recomendar a su madre que practicase algún deporte. «Al principio no sabía qué opciones tenía por su enfermedad. Nos comentó la posibilidad de jugar a baloncesto y ahora, dos años después de que comenzase a entrenar, he visto un cambio extraordinario en él en todos los aspectos», explica la progenitora, Ivana Olarte.
«Es una máquina»
Una vez por semana, los sábados, Andrey se echa el macuto al hombro y acude a la sede de su equipo en el barrio bilbaíno de Txurdinaga. Su madre le traslada en su coche particular, que está adaptado, y en la grada espera a que su pequeño cumpla poco a poco su sueño. Y es que a pesar de ser un niño menudito, como cualquier pequeño de nueve años, mantiene la perseverancia suficiente como para mover la silla de ruedas que le prestan. La utiliza, de hecho, con la misma destreza que cualquier adulto. Incluso más.
Cuando sale a la calle, eso sí, utiliza siempre que puede bitutores, una especie de armazón ortopédico que le permite desplazarse ayudado de muletas. «Estos días ha tenido que volver a la silla porque se le han roto», lamenta su madre. Así ha conseguido hacer una vida «normal» y acudir a diario al colegio, donde no tuvo problemas de accesibilidad. La madre de Andrey residía en Miranda de Ebro, pero al quedarse embarazada de su segundo hijo tiene otra niña de dieciséis años se trasladó a vivir a Basauri. Fue entonces cuando el ginecólogo detectó que algo no iba bien. «Me propusieron abortar, pero dije que no: ya llevaba mucho tiempo conmigo», afirma.
Desde aquel momento supo que criar a Andrey iba a ser duro, pero a los momentos iniciales de «tristeza y angustia» le siguieron otros de esperanza. Una única duda le rondaba: que Andrey estuviese bien de «cabeza». «Tenía miedo a que no pudiera hablar bien, a que tuviese más problemas, pero por suerte no fue así. Es muy inteligente, hiperactivo, se esfuerza muchísimo, es una máquina», describe la ama de un futuro medallista olímpico.
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