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Francisco Góngora
Martes, 22 de marzo 2016, 08:15
La muerte en mayo de 1943 ante un pelotón de fusilamiento de Luis Álava Sautu, jefe del servicio de espionaje del PNV tras la Guerra Civil, fue un hecho excepcional, lo más parecido al martirio de un hombre santo, de un condenado que transmitió paz y serenidad hasta el último aliento. Católico irreprochable de vida ejemplar, hombre bueno y comprometido con la lucha antifranquista, recibió los disparos de fusil con el rosario en las manos, perdonando a sus verdugos, tras haber convertido al cristianismo a algunos de sus compañeros de paredón. La mayor parte de los condenados rezaba cuando sonó la descarga final.
A las siete y diez minutos del 6 de mayo de 1943, junto a la pared del cementerio del Este de Madrid (actualmente la Almudena), un pelotón de 28 soldados acababa con la vida de Luis Álava Sautu y otras nueve personas condenadas en juicio sumarísimos. El dirigente peneuvista había sido acusado por adhesión a la rebelión por dirigir la red de espias que llevaba su nombre y que era el servicio de información del PNV. Franco no escuchó las voces que le pedían clemencia. Desde el general francés Pétain, hasta el nuncio del Vaticano en España o el escritor François Mauriac, personalidades de toda condición, muchos del propio régimen, trataron de evitar aquella muerte. Un asesinato, por cierto, que según el burukide Francisco Javier Landaburu no solo era achacable a la voluntad de Franco, sino también a la torpeza o «imbecilidad» de algunos compatriotas vascos, que no habían avisado a tiempo de que la red de espías podía caer al llegar a manos de la Gestapo en París, tras la invasión alemana, toda la documentación que se tenía en la sede del Gobierno vasco en el exilio en Paris.
Una vida de película
No voy a contar la biografía de este hombre, industrial de profesión, que era presidente de la junta municipal del PNV de Vitoria cuando estalló la guerra. Se pueden encontrar en Internet. Aparte de recabar todo tipo de información relevante, Álava Sautu se dedicó a salvar vidas en peligro, como la del propio Landaburu a quien metió escondido en un coche hasta la frontera. Toda esa labor merecería ser contada en una película.
La entrada de las tropas alemanas en París y la ocupación de la sede del Gobierno Vasco en 1940 propiciarán la caída de los integrantes de la organización que dirigía Álava Sautu. La captura de importantes documentos comprometedores en la sede de Eusko Jaurlaritza en París y el retraso de sus responsables en comunicar esta circunstancia a la dirección del Servicio Interior resultarán decisivos, algo que Landabaru achacaba a sus compañeros, entre ellos Leizaola. Luis Álava será detenido en Vitoria el 2 de enero de 1941. Le incautaron un aparato emisor de radio, así como una cierta cantidad de dinero. Tras los primeros interrogatorios intentará descargar la responsabilidad de la red sobre un nacionalista recientemente fallecido, algo que no impedirá la caída del grueso de los miembros del aparato clandestino. Serán detenidos 28 activistas, de los cuales 21 serán procesados en un Consejo de Guerra. La vista se celebró el 21 de junio de 1941 bajo la acusación de 'Adhesión a la Rebelión'.
Juicio sumarísimo
Tras el primer juicio, celebrado en julio de 1941, Álava será procesado y condenado junto con otros 19 miembros del aparato. Diversas personalidades políticas y miembros de la jerarquía eclesiástica se movilizarán en protesta contra este consejo, como el Arzobispo de París. El Mariscal Petain llegará a reunirse personalmente con el Ministro Español de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica y entregará diversas misivas entre el 16 y el 20 de agosto, solicitando, sin éxito, un indulto para los condenados. Por disentimiento del Auditor, el caso pasó al Tribunal Supremo de Justicia Militar. En la nueva vista, celebrada el 18 septiembre de 1942, el Tribunal Supremo confirmó la pena máxima para Luis Álava y condenó al resto a 20 y 30 años de cárcel. La importante campaña lanzada por el nacionalismo en el ámbito internacional para salvar su vida no dió resultados. Su familia entera se movilizó en busca del indulto. Tenía una hermana, Beatriz, monja de las Hijas de la Caridad en Arnedo. Pero también lo hizo el Ayuntamiento franquista de Vitoria, la Diputación de Álava, la Guardia Civil., la Acción Católica, los obispos de Vitoria, Pamplona y Valladolid. El nuncio apostólico Cayetano Cicognani llegó a hablar personalmente con Franco y le solicitó el indulto alegando que era el deseo expreso de su santidad Pio XII. No hubo manera. Franco firmó la sentencia. En una de las innumerables cartas que contaron lo sucedido se dice que el Nuncio recibió la siguiente respuesta del dictador: «Ah, si, sí, ya sé: un ingeniero agrónomo, persona muy culta, ¡Ya lo pensaré!».
El 11 de abril de 1943 su hermano Emilio se desplazó a Madrid ya que el nuevo ministro de Justicia, Eduardo Amós, había asegurado que se iba a restaurar la costumbre de los reyes de indultar a algunos reos de muerte con motivo de las festividades religiosas de la Semana Santa. Tampoco se cumplió esta leve esperanza por salvar su vida.
Los días 4 y 5 de mayo su hermano Emilio le visitó en la cárcel de Porlier. José Calavera, el militar que debía inspeccionar el cumplimiento de la condena quedó impresionado por su honda religiosidad y su espíritu de resignación. Emilio intercambió con Luis el rosario.
Una serie de documentos guardados por la familia muestran el carácter extraordinario de este hombre y cómo afrontó su muerte. Existe muchísima documentación y tantos testimonios de personas con distintas responsabilidad diciendo lo mismo son la garantía de la veracidad. Vamos a recoger algunos. En el libro ''Al servicio del extranjero. Historia del servicio vasco de información', de Juan Carlos Jiménez de Aberásturi y Rafael Moreno Izquierdo se dice literalmente: «Los últimos momentos de Álava estuvieron envueltos en un clima de extremado fervor religioso, de manera que al final de su vida asemejaba más bien a la de un santo, mártir por la fe, que a la de un militante político». El capellán de la cárcel, Víctor Martínez de Salinas (alavés) describía estos últimos momentos: «Estamos en capilla ¡qué hora tan hermosa! Queda de rodillas, los brazos en cruz, habla con Dios, besa una y cien veces mi crucifijo que tiene concedida indulgencia plenaria por cada ósculo en el artículo de la muerte, se levanta, viene a mi, me abraza y viendo tan sólo al sacerdote católico....¡Que bueno es usted don Víctor! ¡Cuánto me consuela, ayuda y conforta! Es Dios don Luis, Dios que envía a usted raudales de gracias por hacerle totalmente suyo; eso quiero sobre todo de mi Dios y para mi Dios y quiero rogar....en los momentos en que he de comparecer ante el Divino Tribunal que de ningún modo sirva mi caso de bandería para nada, ahora mismo estaba olvidando, perdonando y aún amando a los que pudieron ser mis enemigos, para mí no existe esta palabra, no veo más que almas redimidas con la sangre de Jesucristo con quien voy a gozar eternamente».
Ambiente místico
Este ambiente místico y la proximidad del inevitable final contagió a sus otros nueve compañeros de infortunio, todos de izquierda y no creyentes. Andrés Asiain Martínez, su compañero más próximo, anarquista madrileño de origen vasco, de unos 30 años de edad, pidió seguir su ejemplo, se confesó, y poco antes de ser conducido al paredón, se casó por la Iglesia con su mujer que acudió a la cárcel con sus dos hijas pequeñas.
El médico Iñaki Barriola, uno de los encausados relataba este hecho: «La otra satisfacción (la que en el momento de contárnosla llenó por única vez en la noche sus ojos de lágrimas) fue la conversión por así decirlo de un muchacho comunista (anarquista, según otros), que quiso pasar la noche con él, a quien hizo recordar olvidadas oraciones, le ayudó en su magnífico examen de conciencia y le orientó y consoló cuanto pudo. Juntos comulgaron y juntos salieron, satisfecho el muchacho de poder morir con don Luis». El mismo Barriola relató un encuentro la víspera de su ejecución «de rodillas sobre el cemento de la celda, frente a una tosca cruz y con un devocionario en las manos. ¡Si vierais con qué fe rezaba, con qué ojos miraba la cruz nuestro don Luis! Su conversación elevada por encima de las cosas de aquí abajo ¡parecía iluminado con una luz especial que a nosotros mismos nos costaba recoger!»
El oficial encargado de la ejecución, José Calavera, envió la siguiente carta a Emilio, hermano de Luis. «Me place comunicarle que su hermano Luis, a cuya muerte asistí el pasado día 6 de los corrientes, murió de una manera ejemplar y verdaderamente edificante. Puedo decirle a usted que no ha habido ninguno de los que yo he conocido que haya muerto con la resignación cristiana y la preparación y disposición de ánimo tan excelente como la de su hermano, quien pasó toda la noche en la capilla asistido por el capellán de la prisión, dándonos a todos un excelente ejemplo y al tiempo de morir después de abrazarme fueron sus últimas palabras: '¡Adiós en el cielo le espero!'».
El nuncio Cayetano Cicognani envió una carta a su hermana Beatriz en la que le dice: «De verdad que hay en esta ocasión motivos de gran consuelo ya que según me han informado la muerte de su hermano fue sobremanera edificante y se vio en ella la mano de Dios y la obra de su gracia que permitió su muerte para la salvación de otras almas». En otra carta remitida a sor Beatriz, hermana de Luis Álava, por otra Hija de la Caridad, Carmen Jáuregui, se le dice «Su hermano es feliz, es dichoso en el cielo, sin duda alguna; los que han convivido con él y los que hemos tenido la suerte de hablar con él la víspera de su partida de este mundo hemos quedado edificados de su gran espíritu cristiano de su resignación, recibiendo la muerte con alegría, con satisfacción, como él nos decía, esto es para agradecérselo al señor porque en estas muertes uno se puede preparar bien porque sabe que muere y no sucede esto en una enfermedad, que en espera de la mejoría no se piensa en la muerte, y ésta sorprende sin prepararse».
Aceptación de la muerte
Aún hay más. En el momento que el juez les comunicó la sentencia y entrada en capilla todos , como es natural, la oyeron con terror. Luis bajó la cabeza unos momentos...el abogado que estaba a su lado creyó que desfallecía y procuró animarlo. Cuál no sería su asombro cuando dice: «He estado rezando una oración que sé desde pequeño, de la aceptación de la muerte». A continuación sacó del bolsillo un rosario y un devocionario y se puso a rezar, Los otros nueve era impenitentes, pero con el buen ejemplo de Luis y sus fervorosas frases, uno al momento de entrar en capilla se dio al arrepentimiento y le dijo: Don Luis, yo quiero ser de su religión. Luis le abrazó y le dijo. «Reza conmigo» y él le contestó: «No se rezar, sólo sé el padre nuestro». Y Luis le dijo: «Pues lo rezaremos los dos». Luego se confesó y comulgó, muriendo santamente con Luis, tan juntos, que los dos agarrados al rosario cayeron al suelo, quedando medio rosario en la mano de Luis y la otra mitad en la mano del convertido.
Otro cuando estaba oyendo la Santa Misa exclamó: «Me quiero confesar no puedo más, pronto». Se confesó arrepentidísimo. Comulgar no pudo, por terminarse ya la misa: los restantes, que eran siete no se confesaron pero en el momento de la ejecución, todos, emocionados, dijeron los actos de fe, que les amonestaba el padre que les acompañó; y todos dieron señal de arrepentimiento y a todos les impuso el escapulario del Carmen y les dio la santa absolución, dando todos muestras de tranquilidad en tan terribles momentos, confiando en la misericordia del señor. «Todos estos triunfos, dicen, son atraidos por los buenos ejemplos de Luis».
Reveladora de la paz de espíritu en la que murió es un escrito de Emilio Álava, hermano de Luis, en el que cuenta los pormenores de su viaje a Madrid en busca de la conmutación de la pena de muerte. En todo el texto aflora la espiritualidad de Álava Sautu. Tras conocer que va a ser fusilado, Luis recibe la visita del abogado y de su hermano que cuenta «según entró, con una tranquilidad perfecta, nos abrazamos, y ya, desde este momento, ninguno de los cuatro sentimos, aparentemente, ninguna emoción intensa. Y fue que el obró sobre nosotros una transformación indescriptible por su espiritualidad, aplomo y alejamiento total de todo lo material, iniciando inmediatamente una animada conversación»..... «Bajo un espíritu tan elevado continuó toda la velada sin que nunca mi hermano tuviera un reproche, ni la más leve censura para gobernantes, jueces, amigos y enemigos». Era Luis el que tranquilizaba a sus visitantes y rezó su oración favorita, 'La aceptación de la muerte': Señor y Dios mío, desde ahora acepto de vuestra mano, con ánimo conforme y gustoso, cualquier género de muerte que queráis darme, con todas sus amarguras, penas y dolores'.
Después de esa entrevista, Emilio se encontró con más familiares a los que dijo que el encuentro había sido maravilloso «y en principio no me comprendieron. ¿Cómo podía yo venir ontento y satisfecho de una visita y despedida que forzosamente debiera haber sido trágica?»Poco a poco les fui relatando todo lo que recordaba de la memorable velada y renaciendo en todos la tranquilidad y comprendiendo finalmente mi contento». Emilio Álava preguntó al sacedote que atendió a su hermano y le respondió: «¡Ha muerto como un santo, como un gran santo!»
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